![]()
...
entonces, móntatelo como el protagonista
de este relato.

Envíanos
tus sugerencias y
ayúdanos a mejorar
occidente@occidente.com
![]()
Texto
de
ÁLVARO
DE LA IGLESIA

LA
PLAYA DEL ENTRESUELO
Mi familia es modesta y numerosa. Nunca hemos veraneado fuera de la ciudad,
porque veranear ocasiona serios dispendios. Estamos, por tal motivo, algo
macilentos, y nuestra piel, siempre blanquísima, es buena prueba de que
desconocemos la sana caricia del sol y las brisas marinas o montañeras.
Mi padre prepara todos los septiembres una solución de yodo y agua, y con
ella nos pinta los brazos, la cara y las piernas al aproximarse octubre.
Así, con este bronceado artificial, salvamos el honor familiar y podemos
decir a nuestros amigos, cuando regresen de las playas tostados como mulatos,
que nosotros también salimos de la ciudad y que por eso tenemos la piel
tan oscura.
Apretaba el calor del último julio cuando mi padre, hombre emprendedor,
decidió organizar nuestro veraneo. Escribió algunas cartas a algunos parientes
lejanos que tenemos repartidos en la costa, y nos dijo, muy satisfecho:
-He hecho algunos pedidos a nuestros parientes. Espero que llegarán pronto.
Este año veranearemos.
Y los pedidos llegaron. El primero consistió en tres grandes sacos de arena
finísima, pertenecientes a la elegante playa del Sardinero, que enviaban
unos primos nuestros. Capitaneados por mi padre, extendimos la preciada
arena sobre el suelo del comedor, igual que una playa. Daba gloria sentarse
sobre la arena menuda y arenosa, a torso desnudo y con las ventanas abierta
de par en par. Allí nos pasábamos el día. Luisito, mi hermano pequeño, levantaba
airosos castillos y grandes volcanes, ayudado por una pequeña pala que compramos
en una bazar.
Pero todavía faltaba lo mejor que tienen las playas: el mar. El mar llegó
unos días después. El tío Camilo, desde Valencia, nos envió grandes garrafas
de agua salada, perteneciente al Mediterráneo.
-El mar -decidió mi padre- lo pondremos en el pasillo.
Y repartimos el agua mediterránea en palanganas y cacerolas, que situamos
muy juntas en el suelo del corredor.
Nuestra playa, con la llegada del mar, mejoró en un ciento por ciento. ¿Qué
son los desiertos, lisos e interminables, sino playas sin mar?
Mi tía Berta construyó un toldo con un traje antiguo, toldo que fue colgado
solemnemente de la lámpara, y que daba a nuestra playa un aire mucho más
cosmopolita. De vez en vez, alguno de nosotros salía al pasillo y, metiendo
la mano en uno de los recipientes, removía el agua salada para darnos a
todos impresión de oleaje.
-Hoy la mar está picada -solía decir mi padre-. Anda, Luisito, mójate los
pies en la orilla; pero no te vayas lejos, porque la mar está picada. Y
Luisito, obediente, salía al pasillo y metía sus pies descalzos en una perola,
permaneciendo inmóvil algunos minutos.
Poco a poco fuimos perfeccionando nuestro veraneo. Tras dos semanas de práctica
conseguimos simular la marea, añadiendo a nuestro mar más perolas en su
fase ascendente y quitándolas en su fase de descenso. Mi hermana Laura inventó
también un procedimiento para hacer marejada con espuma de jabón...
Pero nos faltaban todavía muchos detalles, que fueron llegando en días sucesivos.
En primer lugar, nuestra hermana casada nos envió desde Galicia una caja
llena de hermosos cangrejos vivos y tres grandes rocas forradas de finísimo
musgo, ¡Digno complemento para nuestra floreciente playa doméstica! Entre
miedos y saltitos de auténticos veraneantes soltamos los cangrejos junto
a las rocas colocadas en una esquina del cuarto. No podíamos contener nuestras
demostraciones de orgullo. Mi padre, sentado en una pequeña silla y en traje
de baño, nos advertía a cada momento que no nos acercáramos a las rocas,
plagadas como estaban por grandes cangrejos. Pero nosotros, que estábamos
hartos de ver en los chistes dibujos de veraneantes lanzando ayes de dolor
mostrando gruesos cangrejos agarrados de sus dedos, no hacíamos ningún caso.
¡Cómo nos gustaba colocar nuestros dedos gordos para que fueran mordidos
por las pinzas de aquellos crustáceos!
Días más tarde llegaron caracolillos y nacaradas conchitas, que nos enviaban
desde Málaga unos amigos de casa. Y el diez y siete de agosto -no lo olvidaremos
nunca- el cartero nos trajo dos hermosos peces, que mi padre encargó a un
primo de su amigo Pazuelo. Los peces estaban muertos, pero sus escamas plateadas
brillaban deslumbrantemente, y resultaron impresionantes a la puerta del
comedor y en un extremo de la playa.
¡Qué diferente fue todo en casa aquellos días! Desde que comenzara el verano
en nuestra playa, se usaban en las conversaciones términos marineros. La
oficina de mi padre estaba a una milla marina de nuestra casa, y no a dos
kilómetros escasos, como había estado siempre. Y el autobús recorría tantos
nudos en una hora. Y la bicicleta de Luisito era una piragua. ¡Sublimes
semanas inolvidables! A fines de septiembre terminó todo. Tía Berta descolgó
el toldo de la lámpara. Mi padre comenzó a aparecer en la playa doméstica
vestido con cuello y corbata. Los cangrejos aparecieron un día, rosados
y quietos, entre los granitos de una fuente de arroz... Lo último en desaparecer
fueron las palanganas rebosantes de mar Mediterráneo, que una tarde vació
la criada en el lavadero. Hoy queda todavía en las ranuras del entarimado
un poco de aquella are4na finísima, que miramos con nostalgia, del que fuera
nuestro único veraneo en la playa...