Director del Museo Etnográfico de Grandas de Salime

PEPE EL FERREIRO:

"ANTES ERA UN LOCO,

AHORA SOY TECNICO EN MUSEOS"

Hablar del Museo Etnográfico de Grandas es hablar de la historia de una obsesión. La obsesión de una persona, José Naveiras Escanlar - Pepe el Ferreiro - que desde que empezó a «fraguar» la idea en su cabeza, en 1979, no cejó ni un solo momento, hasta conseguir que este año, por ejemplo, el número de visitantes vaya a sobrepasar con mucho los 20.000, y que la creación y consolidación del museo sean reconocidos unánimemente como los hechos más destacados en la vida cultural de Grandas en las dos últimas décadas.

Háblanos un poco de los comienzos, ¿cómo surgió la idea?

La idea de conservar las costumbres y la cultura de estos pueblos en un museo surgió en 1979, aunque no se pudo llevar a cabo hasta 1984. La administración desconfiaba totalmente del proyecto, hasta el punto de que el primero ni lo leyeron. En 1984 se inauguró el museo en los bajos del Ayuntamiento, en un espacio destinado anteriormente a cárcel, que se fue ampliando poco a poco, unas veces por las insistentes peticiones del barrendero, amigo nuestro, otras veces porque hacían la vista gorda.

 No se debe visitar el Museo con un planteamiento preconcebido. Los conceptos ortodoxos sobre los museos caen aquí por los suelos. Toda la visita transcurre sin orden preestablecido, dejándose llevar por la improvisación que surge de la anárquica personalidad del propio Pepe y del desarrollo de las labores cotidianas. Hablamos primero con él en su oficina, «la buhardilla», quizá el único espacio en el museo que no está desplazado en el tiempo, pero al poco nos dice: «Vamos a tomar un viño», y descendemos a la bodega, donde el aromático efluvio de los caldos invita a la degustación y al diálogo.

Allí, de forma espontánea, Pepe saca unos chorizos y tocino, todo propio de la casa, los fríe y cuando vamos a darnos cuenta, tiene organizada la gran comida. Entre «cacho» y «cacho» de vino, nos sigue contando historias de su vida y del museo.

 Habrá también gente que te apoyó en los tiempos duros, ¿no? y será justo reconocerlo ...

Por supuesto, pero no creas que fue mucha. Atanasio Corte Zapico, persona permeable, receptora de la idea totalmente, Antonio Masip, La Universidad, Joaquín Manzanares, cronista de Asturias, Julio Caro Baroja, para mí maestro en la materia y del que guardo como oro en paño unas palabras autógrafas dándome ánimos, y «pouco mais». Para el resto yo seguía siendo el neura del Ferreiro, loco que quería hacer un museo por encima de todo. Cuando el museo se consiguió trasladar a la Casa Rectoral, merced a un convenio con el Obispado, una importante autoridad me dijo: «Vaya sitio que te preparaste para dormir la siesta». Sigo pensando que los comienzos fueron duros, muy duros.

¿A qué se dedicaba Pepe antes de todo esto?

Yo me crié en la fragua de mi padre, que era ferreiro, trabajando allí en lo que podía. No sabía cómo funcionaba el torno de media vuelta, pero llevaba toda la vida oyendo hablar de él. Cuando la cabeza me empezó a dar vueltas con esta idea, en los años 70, empecé a visitar algún museo de Europa (Suiza, Francia, Checoslovaquia), y me di cuenta de que aquí estábamos en la más absoluta prehistoria. En Europa, esto ya funcionaba desde principios de siglo. Alguna vez pensé que si yo hubiese nacido allí, en Suiza, en Francia, hubiese sido más comprendido, porque en este país resulta muy difícil hacer museos a los ferreiros.

¿Habías realizado algún tipo de estudio o sólo era aficción?

Nunca fui a ning;ún curso ni realicé ningún estudio oficial. Me considero totalmente autodidacta. Lo que puedo saber lo aprendí a base de la experiencia, recorriendo los pueblos y visitando otros museos. Creo que lo que no consiguió la «Asturias Rica» ni las flamantes instituciones culturales, lo conseguí yo con la ayuda de los paisanos de la zona, que donaban desinteresadamente muchos de los «trastos» que componen las 3.000 piezas que poseemos hoy en día.

Unos lo hacían por amistad, otros me los regalaban para que me marchase y quitarme del medio, «si tá loco qué le vas a hacer», decían.

Hoy vienen universitarios y regionalistas a pedirme consejos, aunque sé que para muchos también sigo siendo un intruso, «¿qué coño hace este ferreiro dando clases y dirigiendo un museo?», se preguntan.

¿Está ya reglamentada jurídicamente la colaboración iniciada con la Administración?

Más o menos. Existe un «Consorcio para la Gestión del Museo Etnográfico», compuesto por el Principado de Asturias, el Ayuntamiento, la Caja de Asturias, la Universidad de Oviedo y la «Asociación de Amigos del Museo». La primera subvención que se consiguió fue de 300.000 pesetas, para abrir. Hoy reconozco que tengo más ayudas, pero siguen siendo pocas. El Ayuntamiento colabora con el 10% de los gastos del Museo. De los políticos siempre es difícil conseguir dinero. Yo prefiero hacer y, luego, pagar. No puedo avisar porque sino, no se hace nada.

En 1986 afirmabas que el Museo Etnográfico de Grandas no era todavía un museo al no cumplir los requisitos que la Unesco incluía en su definición de museo: «Institución permanente que conserva y expone colecciones de objetos de carácter cultural para fines de estudio, educación y deleite». ¿Consideras que hoy el Museo cumple ya todos estos requisitos?

No, porque sigue sin ser una institución permanente, al carecer del personal suficiente que permita a los visitantes conocer el museo de una forma viva, realizando los diversos oficios en directo, pero de una forma continua, no esporádica como hacemos ahora. Por otro lado, cuanto más se amplia el museo más presupuesto necesita. No podemos caer en la exposición de objetos reunidos con fines turísticos, mercantiles o propagandísticos. Tenemos que tender a la investigación de cultivos y artesanías en vía de desaparición (lino, forja, industria textil), cuya recuperación hay que promover de forma activa. Actualmente el personal del museo lo componemos sólo tres personas: yo, que estoy contratado a jornada completa, Antonio, a media jornada, y una chica que contrata el Ayuntamiento en los veranos. Y los amigos que con su apoyo, sobre todo moral, me ayudaron desde el principio, desinteresadamente, y siguen siendo la colaboración más importante.

 Pepe dirige cordialmente a todo el personal del museo. Guillermo, siete años con él, «el subdirector», sombra inseparable de Pepe y eco de su misma voz. «¿Pusiste algo de xeito ahí, neno?». Manolo Abad, el Molinero, que parece que se emociona cuando lo contemplas trabajando con detenimiento. También los visitantes pueden encontrarse como en su casa. Si pasa alguno y la puerta de la bodega está abierta, Pepe no repara en invitarlo a vino y chorizo, «para que conozca el museo más en vivo». Lo recordará seguro cuando visite otros museos. A un australiano lo saluda con ironía: «Encantado de darlle a mao a un das antípodas».

Hoy el museo sigue creciendo, Pepe no se conforma con el presente y siempre tiene algo nuevo en mente. Al fondo de la bodega está construyendo lo que va a ser el «bar-tienda-chigre», a la antigua usanza de los pueblos, donde se va a poder tomar un vino o comprar un recuerdo. En el exterior está en construcción un edificio para alojar los mecanismos de los molinos harineros y una aceña trasladada desde Villaperi (Oviedo). También quiere destinar un espacio para biblioteca y para la Sección de Publicaciones del Museo.

Sin duda, conocer el Museo de Grandas se ha convertido en estos años en parada obligatoria para quien quiera conocer a fondo el occidente de la región. Pero sin duda, también, conocer a Pepe como persona constituye un elemento enriquecedor para el que quiera profundizar aún más en nuestra idiosincrasia. En el recuerdo se nos queda una frase que él nos cita, leída algún día en un museo de Suiza, y que describe explícitamente todo su particular universo:

«El trabajo manual es un bien cultural con valor imperecedero...»