ALVARO DELGADO, LA MIRADA EN EL TIEMPO

Recorrido sentimental por la Navia que vio y pintó el artista naviego

  "NAVIA"

Llega Alvaro Delgado a Navia, desde hace años, a finales de agosto, cuando los naviegos están sumidos en una profunda tristeza causada por el final de las fiestas. Comienza aquí para ellos la invernada, un enemigo personal que no los abandonará hasta el inicio del verano siguiente. Pero Alvaro viene siempre alegre, locuaz, efusivo, y su compañía nos hace olvidar un poco a todos – quizás él lo hace adrede – el «síndrome de septiembre».

Pasaron ya 44 años desde aquel invierno de 1954 en que Alvaro, acompañado por el argentino Luis Alvarez, llegó por primera vez a Miñagón, en el concejo de Boal, y abrió los ojos ante el paisaje asturiano. Entonces estuvo sólo diez días, pero esos días, sin saberlo él, iban a imponer un rumbo distinto a su vida dejándole marcada una huella indeleble. José Mª González, maestro rural, de los de antes, es la primera persona que conoce, y nace así una amistad que se mantendrá imperturbable a través de los tiempos.

Al año siguiente, acuciado por el recuerdo, Alvaro decide volver, y escribe a Jose Mª para que le busque alojamiento en Navia para el verano. Se inicia aquí una relación, con Navia y los pueblos vecinos, que se va a convertir enseguida en una obsesión permanente. Las estancias se van prolongando y realizando cada vez con más frecuencia. El guiñe de ojo del primer encuentro se transformó pronto en un amor profundo, amistoso y duradero. Y es que pasa con los pueblos lo mismo que con los enamorados, existe el flechazo, y aunque después creamos que pueda ser explicado racionalmente, el choque primero llega y se potencia la mutua relación a través de extraños y recónditos vericuetos. Posiblemente, como dice Platón en su Banquete, el otro ser o ese pueblo objeto de nuestro amor, existieron ya en nosotros mucho antes del conocimiento. La pintura de Alvaro no se podría entender sin su paso por Navia y por el occidente asturiano. Un paisaje – como él reconoció siempre – puede determinar un estilo, lo mismo que sin París no hubiera habido impresionismo, Gauguín tuvo que viajar a Tahití para encontrar el suyo, o el Greco no se podría concebir fuera de Toledo.

Pero Navia no era para Alvaro, ni lo fue nunca, un pueblo monumental o gracioso. Lo importante de Navia eran sus gentes, los naviegos. Establece su primer estudio en el barrio de San Roque, calle Campoamor, y empieza una nueva peripecia vital basada, fundamentalmente, en hacer muchos y buenos amigos. Uno de los primeros, insobornable, sin altibajos, fue Justín, el analista, el incomparable «neno», generoso y espléndido, compartidor de eternas conversaciones en su lancha «Diana», desde Porto hasta la barra, excepcional médico pero con apariencia más bien de marinero. Un día coincidieron en la barra de un bar. – ¿Tú eres pintor?, le preguntó Justín; y al contestarle Alvaro afirmativamente le mostró interés por ver lo que pintaba. Se citaron al día siguiente en el estudio de Alvaro, y éste le mostró sus obras recientes, fundamentalmente acuarelas. Justo se fijó en el papel, lo tocó, lo miró detenidamente y al final preguntó: – ¿Qué papel es éste? – Es un papel alemán, papel «caballo», el mejor para pintar. – ¿Y cuesta mucho?, preguntó de nuevo. Alvaro le dijo el precio y, después de pensarlo, Justín añadió: – Pues neno, ¡vaya empleo que das a un papel tan caro! Desde aquel día Justo se convirtió, con su motocicleta, en el transportista oficial de Alvaro por todo el occidente. Lo pasaba a recoger por La Avenida, Alvaro se cogía al personaje que iba delante y formaban los tres (Justo, Alvaro con los bártulos de pintar a la espalda y la motocicleta) la más perfecta unidad; alguien los comparó con un centauro de dos cabezas que aparecía y desaparecía por los pueblos, y alguien dijo también que, de haberlos conocido Borges, los hubiese incluido en su Libro de los Seres Imaginarios.

Siguen las tertulias en el Café Martínez, donde se hablaba de todo lo humano y lo divino, en «el quiosco», en El Sotanillo. Su hijo, Alvaro José, aprende a leer en Navia, con Elvira Vega. Monta su segundo estudio en el Instituto Laboral, donde se guardaban entonces los gigantes y cabezudos. Más de un día, incluso, llega a dormir con ellos. El encargado de la llave era el magnífico Chele, «el director general». Otro verano comparte el estudio en un sótano con un criador de canarios. De tanto escucharlos aprendió a trinar como ellos, y cuando llegó a Madrid, en el sitio más inoportuno, se le escapaban inconscientemente los silbidos. Y siguen apareciendo amigos, más amigos. Los irrepetibles Quincos, Manolo Méndez, Marcelino Parga, Enrique Alpañés, Jesús Martínez, Medina, Francisco Rodríguez ... Su renombre de pintor comenzaba ya a rebasar el ámbito de la pintura nacional, pero en Navia no existía aún una clara conciencia artística y tardaron en descubrir la importancia del personaje que pasaba con ellos los veranos. Posiblemente fuese Alejandro Sela, debido a sus inquietudes intelectuales, el primero en hablar de la categoría del pintor Alvaro Delgado.

Un día visita Alvaro el albergue de Andés, y conoce a un dominico que estaba de paisano trabajando de albañil. Después de beber y beber se comprometió con él para decorarle la capilla. Pintó así su primer Cristo, donado después al Ayuntamiento naviego, e inició un tema que iba a ser recurrente en su obra. Hoy hay Cristos de Alvaro hasta en El Vaticano. Después de pintar todos los rincones de nuestro paisaje, empieza a pintar los mendigos de los caminos, los romeros de las fiestas, los marineros, los curas de aldea, los ácratas, las viejas con paraguas. Y va constituyéndose lo que él llamó luego «La Crónica del Navia».

Le hablas a Alvaro de los retratos y la conversación sube de tono. Es, sin duda, uno de sus asuntos preferidos. No en vano su discurso de ingreso en la Academia de Bellas Artes versó sobre la teoría del retrato. Cuando lleva pintados más de 500, no se olvida que el primero que hizo fue el de Chele. Y siguió retratando a todos sus amigos, aunque, como él dice, «les sentase como un tiro». No le gusta que posen, pues afirma que la persona es cambiante, mejor prefiere salir a cenar con quien va a retratar o tomar con él unas copas. Porque Alvaro no pinta los rostros, sino las conciencias, «los rasgos físicos –dice– son sólo un simulacro de lo que va dentro». Te mira, te vuelve a mirar, te diseca por dentro, te busca «los tics del alma», los deseos, las ansiedades y las esperanzas, y hace como suyo el aserto del poeta: «El ojo que ves no es /ojo porque tú lo veas/ es ojo porque te ve». No por casualidad algunos psiquiatras y sofrólogos utilizaron retratos de Alvaro como método de estudio para conocer, a través de su interpretación, mejor a sus pacientes. Lo dijo también Francisco Umbral, la noche que llegó al Café Gijón: «Los masoquistas y los intelectuales se hacen retratar por Alvaro Delgado. Las gentes que gustan de conocer sus miserias interiores, los ademanes inconfesables de su alma. Alvaro Delgado, gran retratista, reconocido ante todo como tal, que ha pintado a toda la cultura española ...»

En septiembre de 1975 Alvaro fue nombrado Hijo Adoptivo de Navia. No hacía falta. Porque él sostuvo siempre, con razón, que ser naviego no es cuestión de empadronamiento, sino producto de una sustancia previa y constante. De esa sustancia estaba hecho todo: villa y habitantes, y se filtraba, hasta dominar, en los que venían de fuera. Una catálisis ideal sobre esa sustancia nos daría el resultado de que está compuesta, en su totalidad, de cordialidad. Por lo tanto, de amistad. Porque Navia era, fundamentalmente, un pueblo de amigos y para amigos. Y sigue siéndolo.