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MIERCOLES 21 DE DICIEMBRE

Hoy comenzó el invierno, según dicen. De momento, por lo menos, y hasta que alguien decida lo contrario. Hasta que a alguien le interese retrasar su llegada, o adelantarla. Que es lo que pasó con la Navidad, ni más ni menos. Antes bastaban quince días para anunciarnos que ya estaba cerca, y era entonces cuando se desempolvaban las zambombas y las calles se llenaban de estrellitas y campanas. Ahora, el calvo de la lotería es uno más de la familia allá en octubre, justo cuando las televisiones nos empiezan a castigar con películas insufribles de ambiente navideño, como si fuésemos tontos. Cualquier día apareceremos comiendo el el turrón en la playa, en pleno agosto, y todos tan contentos.

Se trata de disfrutar más el anuncio que lo anunciado, de recrearse en los preparativos, de anticiparse al placer y gozar más imaginándolo, de estirar el tiempo hacia atrás para que lo por venir quede más lejano, de estrujar ese tiempo al máximo, de sacarle el máximo partido, de explotarlo, sobre todo de explotarlo en un consumismo desenfrenado. Me imagino yo las agujetas que tendrán las muñecas de Famosa, las que se dirigen al portal y llevan ya dos meses caminando, o el cacao mental que tendrán algunos niños, después de llevar varios meses viendo aparecer a Santa Claus por todos los lados.

Pero habrá que resignarse, mirar el lado bueno y esperar que todo pase cuanto antes. El sábado será la noche buena, cenarás con la familia y podrás hablar con aquellos que no habías hablado en todo el año. El domingo dirás "todo muy bien, gracias", y contarás lo que te regalaron pero no que fue por lo que tú has regalado. Al sábado siguiente llegará la noche vieja, el clásico balance, proyectos incumplidos, habrá que comer las doce uvas y maquinalmente decir a todo el mundo "feliz año, eh, feliz año". Luego podrás salir, pero ya sabes que está mal visto no beber y que hasta deberías emborracharte. Al final llegará la noche mágica, la víspera de Reyes, y pensarás otra vez qué pena haber crecido, y qué pena que lo más hermoso no hayan sabido conservarlo. Verás la cabalgata, los Reyes en coches y en camiones, las caras tristes de los niños que los esperaban en camellos o en caballos. Después, en la mañana, buscarás por las calles la alegría de los juguetes, la voz del qué te trajeron, hasta comprobar que de eso ya no queda nada. Comprarás un roscón como consuelo. Al final podrás decir aquello que oíste en algún sitio: "que paren esto, que me bajo", sabiendo que no puedes. Y seguirás soñando.