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JUEVES 24 DE NOVIEMBRE

Estábamos en Ferreirela de Baxo, un domingo de otoño, por la mañana. Te llevé con una engañifa, porque quería darte una sorpresa, y porque temía que te negases. Tan sólo, cuando subíamos por La Garganta y noté que te inquietabas, te dije: vamos a comer a un sitio único, inolvidable. Y te tranquilizaste.
Estábamos ya en Ferreirela de Baxo, pues, en el concejo de Santa Eulalia de Oscos, y antes de bajar del coche me preguntaste: "Pero..., aquí..., ¿qué hacemos?". Y entonces te conté la historia. Un día, acuérdate, vimos en el escaparate de una joyería unos colgantes de porcelana. Hacía ya cosa de un año, y tu atravesabas una mala racha. Te compré uno. En la etiqueta ponía: Cigua, preserva de daño no procedente de algo físico; también conocida como figa o puñerín, por tener forma de puño. Ese día me prometí a mi mismo que, si solucionabas tus problemas, te llevaría a conocer el lugar de origen de ese colgante. Era de cerámica de Sargadelos, claro. Y aquí estábamos ahora, justo enfrente de la casa donde en 1749 había nacido Antonio Raimundo Ibáñez, conocido como el Marqués de Sargadelos. Entramos en la casa. Hoy es un museo dedicado a la figura de este hombre, emprendedor e ilustrado, que empezó fletando barcos en los muelles de Ribadeo para importar lino del Báltico, y terminó creando en Sargadelos, concejo de Cervo (Lugo), una de las primeras fábricas de fundición de hierro colado y de loza de España. El guía, y la casa, te trasladan a otra época. Se te nota enseguida, y no es para menos. Aquí se recrea fielmente cómo vivía en aquella época la gente de esta tierra: la llareira, el forno, el cuarto de fora, el cuarto pequeno... Al final, Ibánez amasó una gran fortuna, y lo que ésta siempre acarrea: envidia. Murió asesinado en las calles de Ribadeo, en 1804. Se cuenta que se llevó a la tumba un gran secreto: el lugar donde había guardado sus riquezas. Aún perdura la leyenda de que en las noches de invierno vaga por la casa el fantasma de un hombre de origen francés, que murió aferrado al tesoro que el Marqués había escondido en su casa de Ferreirela.
Al salir, te rugen las tripas. Comemos en La Cerca. "Buena la carne roxa, pero sobre todo increíble el sitio", dijiste. Ya sabía que iba a gustarte. Cae la tarde. Bajamos por San Martín, por Villanueva. Son Los Oscos. Un paisaje duro, agreste, hosco (de ahí el nombre, te explico, según algunos, aunque otros lo asocian a una región de Italia). Te emociona la luz de otoño, sobre los árboles, ese color de las Asturias otoñales, que saben apreciar tan bien los pintores y los fotógrafos. Cuando anochece estamos al lado del mar, sentados en el muelle de Figueras. Estás pensativa, callada. Yo sé que piensas en la gente que dejamos allí arriba. Miras fijamente al horizonte. "¿Cómo lo ves?", te pregunto. Tan sólo pasados unos minutos me contesta al oído: "azul cobalto".