JUEVES 17 DE NOVIEMBRE
El "Prestige"
no se ha hundido del todo. Ni se hundirá nunca. Hace ya tres años, y aún sigue
apareciéndose como un buque fantasma en las noches de insomnio de todos los
hombres del mar, desde Fisterra a Bermeo. Pero hay que resistir. Día da
Dignidade. Con la cabeza alta, siempre. Y Día do Compromiso. Nada
de palabras: hechos.
Recuerdo una noche en vela. Interminable. El barco zozobró durante una semana,
como un sonámbulo. El martes 19 se fue a pique. La noche del viernes iba a
ser larga. Muy larga. La llegada de la marea negra a la costa era inminente.
A las doce la mancha está a 20 millas de Fisterra. Pero avanza. Sólo un milagro
lo impediría: un viento fuerte del sureste. ¡Bóreas, Bóreas! El viento manda
en el mar. No hay milagros. Todos mirando el reloj. Todos pendientes de la
radio. Las dos, las tres. Cada hora, la mancha está más próxima. Negra marea
del tiempo. ¡Céfiro, Eolo! ¡Mostradnos vuestros poderes! A las cuatro de la
mañana, hay a ocho millas de por medio. Aquí no duerme ni Dios. Noche en vela
esperando un nuevo amanecer, que nunca llega. ¡Llorad, percebes! ¡Gemid, bivalvos!
A las ocho de la mañana, las olas llegan negras a Malpica. Amanece. ¡Me
cago en Satanás!
Recuerdo una cuerda invisible tendida sobre todas las playas del norte. ¡Rapadoira,
Benquerencia, Penafurada, Frexulfe...! Era una sokatira. De un lado tiraban
hombres de blanco venidos de todo el mundo. Unidos. Del otro, el chapapote,
como un caballo que relincha.
Recuerdo a Man. Su historia salió en todos los periódicos. Murió el
28 de diciembre en la costa da morte. Había llegado allí hacía 40 años, y
se quedó para siempre. Para unos era un hippy, para otros un asceta. Vivía
en un museo que había creado él entre las rocas, esculpiéndolas con las manos,
en una playa. Le llamaban "El alemán de Camelle". Nunca comía peces. Cuando
sus rocas se tiñeron de negro, se puso enfermo. "Morío de pena", dijeron.