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DOMINGO 17 DE JULIO

No sé por qué, pero ayer estuve todo el día acordándome del pianista mudo. Seguro que ya casi nadie lo recuerda, pero su historia dio la vuelta al mundo a finales del mes de mayo. Fue portada de periódicos, cabecera de telediarios y noticia a comentar en emisoras de radio. Se trataba de un hombre que apareció en una playa de Inglaterra: solo, desconocido, mojado, joven, elegante, y mudo. No llevaba etiquetas en la ropa, lo que dificultaba conocer su procedencia. Lo interrogaron en varias lenguas, llamaron a intérpretes de países lejanos, pero nada. El hombre ni se inmutaba. Cuando le dieron una hoja en blanco y un lápiz, para ver si sabía escribir algún signo conocido, lo único que hizo fue dibujar un piano. Lo llevaron ante uno de verdad, y comenzó a interpretar magistralmente a Tchaikovsky, como un iluminado. Luego supimos que tocaba cuatro horas diarias, y a partir de ahí, se acabó lo que se daba. Opinaron los entendidos: escapado de un país del Este, miembro de una orquesta en gira, asilo político, ingresado en un centro psiquiátrico. Etc. Incluso se dijo que todo era una campaña de marketing a nivel mundial. The piano man. Próximo estreno. El misterio del hombre del piano. La segunda parte del anuncio saldría pasado un tiempo. Pero lo cierto es que a partir de ahí nadie supo más, porque a partir de ahí la noticia no vendía, y porque ya no tenía interés para los medios. Nos dejaron con la historia cortada por la mitad, y quedamos como un niño al que no le terminan de contar un cuento.
Yo me acordaba de él ayer, en la playa, a primera hora de la mañana. Desde hace unas semanas, a esta hora, hay un hombre sentado a la orilla del mar. Todos los días. Es un hombre mayor, con la barba descuidada, la ropa gastada, pero de aspecto limpio y aseado. Sus ojos son azules como el agua del mar. No es un vagabundo. Tiene cara de ser buena persona, y lleva una pequeña mochila , de la que siempre saca lo mismo: un plátano. Lo pela, lo coloca en una roca cercana y guarda la piel en la mochila. Luego mira al mar meditativo, y se marcha. Todo a la misma hora y en el mismo sitio. No falla. Me cruzo con él, lo miro, y disimulo. Paso ganas de hablarle, pero no me atrevo. Pienso, por esas cosas raras que tiene la memoria, en el pianista mudo. Y así estuve todo el día. Quizá este hombre de la playa encierre también una buena historia. Pero esta sería sin duda una historia verdadera. Mejor no contarlo a nadie, digo, mejor que un avispado de la comunicación no lo conozca. Si no igual lo llevan a un psiquiátrico y luego dicen que es otro miembro de la orquesta. Pienso que, en realidad, él no se mete con nadie, y que tiene su encanto el misterio. Pienso después en un cuento de Salinger que leí hace tiempo. Se llama Un día perfecto para el pez plátano. Inolvidable.