JUEVES 10 DE NOVIEMBRE
De entre los
muchos alicientes que tiene la literatura, para el que lee, hay uno que suele
producir un placer inmenso. Es el de encontrarte con un escritor que, bien
directamente o a través de uno de sus personajes, piensa lo mismo que tú sobre
un tema concreto. Te identificas con él. Vuelves a leer el texto otra vez
y dices: "¡Coño, pero si esto es lo que pensaba yo desde hacía tiempo!" Ya
ves. Lo pensabas y, alguna vez, incluso, lo decías, pero no lo sabías decir
de la forma adecuada. En eso consiste el milagro de la literatura. El buen
escritor, lo sabes, levanta puentes invisibles con su lector, que rompen las
barreras del espacio y del tiempo. Comunica con él. Conecta. Luego hay otras
funciones de la literatura, que son menos para el lector que para los teóricos:
función social, testigo de una época, función estética, etcétera.
Yo sentí esta sensación que contaba al principio este fin de semana, leyendo
un artículo de Arturo Pérez-Reverte. Lo titula "Manitas de ministro", y lo
escribe en "El Semanal", revista que ofrecen los domingos algunos periódicos.
Cuenta que entró a comer en una venta de carretera, de las de siempre, donde
reponen fuerzas trabajadores de todo tipo: agricultores, camioneros, operarios,
albañiles... Gente sencilla que trabaja para comer. Pueblo de España. Currantes.
Describe así el ambiente:
"De vez en cuando levantan los ojos para mirar el telediario, donde una panda
de golfos con corbata, que no han trabajado de verdad en su puñetera vida,
hacen declaraciones intentando convencer a toda España de que la realidad
no está en la calle, sino en otra España virtual que ellos se inventan: el
infame bebedero de patos que les justifica el sueldo y la mangancia. De nación,
me parece que hablan hoy, discutiendo graves el asunto. Manda huevos. De nación,
a estas alturas. Yo miro alrededor y pienso: qué tendrá que ver una cosa con
la otra. Qué tendrá que ver lo que se trajinan esos charlatanes, esos cantamañanas
y esos hijos de la gran puta - las tres categorías más notorias de lo político
nacional- con la realidad que tengo enfrente. Con esta gente que come su guiso
antes de volver al tajo. Con sus sueños, sus esperanzas, sus necesidades reales.
Con las familias a las que llevarán la paga a fin de mes".
¡Cuántos pensamos lo mismo y no lo decimos, bien porque no nos atrevemos o
porque no sabemos contarlo! Para eso hay que ser un buen periodista, porque
el periodismo es literatura, es un género literario. Hay que saber contar,
y Arturo es un novelista que sabe lo que hace. Habla poco, y casi siempre
de literatura, de lo que sabe un rato. Y es académico de la lengua. Casi nada.
Gracias por saber contar lo que otros pensamos, Arturo. Sinceramente. Y enhorabuena.
(Por cierto, en el menú del día de los bares donde yo como, en este occidente
de Asturias, también ponen casi siempre manitas de ministro).